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Gerardo (Miguel Ángerl Hoppe) y Jonás (Fernando Arroyo) se encuentran. En una primera mirada se descubren cómplices; de ahí una cita, otra, un hotel, la universidad, la intimidad, los besos, la piel, el reencuentro, la cama, la ducha, los bares, la sensación de permanecer contra la distancia, contra el tiempo… Todo esto los va fusionando como en un rito perenne que les obliga a repetirse para mantener la continuidad de los acontecimientos vitales. Pero una noche en una discoteca, atraído por el magnetismo de ese arco amoroso que se genera entre ellos, irrumpe, casi milagrosa, la figura de Bruno (Ignacio Pereda). Jonás queda prendado de él, pero no tiene el valor ni el arrojo para seguirlo. Bruno desaparece dejando una desagradable convivencia entre la pareja que ninguno de los dos se atreve a abordar.
Quím (Leonardo Sbaraglia) conduce por unas estrechas carreteras en busca de su ex novia con la intención de recuperarla. Tras varios cruces, Quím se equivoca y se pierde. Ha entrado en una zona laberíntica de caminos cortados y carreteras que vuelven sobre sí mismas. El agobiante paisaje y la ausencia de cobertura hacen que Quím quede atrapado. Buscando una salida, ve una silueta encima de una colina. Quím cree que ha encontrado ayuda, pero, de pronto, la silueta le dispara con un rifle. Confundido, Quím se aleja de allí a toda velocidad. Llega hasta un cruce y se baja del coche, nervioso, buscando ayuda. Una nueva silueta se acerca a lo lejos. Antes de que se dé cuenta, la silueta le dispara en la pierna. Lo que parecía un error se convierte en algo terrorífico: alguien quiere matarle y no sabe por qué. Herido y desorientado, Quím se encuentra con Bea (María Valverde). Ella también está perdida y su coche se ha quedado sin gasolina. Pese a las desconfianzas mutuas, ambos deben unirse para intentar salir de allí. Tienen que huir por el bosque a pie, desarmados, con frío, perdidos. Y sin dejar de ser acechados ni un solo segundo. Si paran, mueren.
Cuenta la historia de una mujer rubia, que después de pasar la tarde en la piscina con unas amigas, conduce de vuelta a casa. Durante este trayecto, atropella a algo o a alguien pero, aturdida y confusa, decide seguir adelante sin mirar atrás. Los días siguientes son un infierno para ella, actuando como si fuera otra persona. La aparición del cadáver de un adolescente cerca del lugar del percance, le hace preguntarse si no fue ella misma quién lo mató.